6 octubre, 2022 15:06
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Ser artista y mujer en un país que prohíbe los desnudos en los museos

‘Fading out’, obra de la artista visual iraní Anahita Shams. Foto: ANAHITA SHAMS

Por ZAHIDA MEMBRADO– Desde Teherán (Irán) 

En un exceso de celo por complacer al presidente iraní Hassan Rouhani durante su viaje a Roma en 2016, las autoridades italianas decidieron cubrir las majestuosas esculturas clásicas de los Museos Capitolinos. Con ello pretendían aplacar el rubor sexual del mandatario persa durante su paseo entre cuerpos desnudos de la Antigüedad grecorromana. Una decisión que encolerizó a los responsables del Patrimonio Cultural, al considerar inaceptable la claudicación de una autoridad europea ante postulados reaccionarios de una legación extranjera.

Desde la fundación de la República Islámica en 1979, las galerías de arte en Irán no pueden mostrar un desnudo. El rechazo a la exhibición pública del cuerpo humano tiene su explicación en los principios islámicos profundamente conservadores que restringen de forma severa las libertades individuales. En este ambiente represor, las iraníes han encontrado en el arte un poderoso catalizador del anhelo de libertad, a través del cual expresar todo aquello que de otra forma queda silenciado.

Para la mayoría de artistas iraníes, viajar al extranjero es imposible. Tienen que probar que volverán mediante un arraigo: hijos, dinero en la cuenta o un domicilio en propiedad. Las que no tienen nada de eso son sospechosas de no regresar

La Casa de los Artistas, en el centro de Teherán, es el punto de reunión con dos reconocidas pintoras cuyas obras raramente obtienen permiso para ser exhibidas en las galerías de la ciudad.

Parnian Omidi afirma entender el mundo solo con imágenes. Crea sus obras sobre una base de cuerdas, cientos de hilos entrelazados que dejan infinitos espacios vacíos. Para ella, el lienzo es una tela entera y segura, justamente todo lo contrario de cómo se ha sentido toda su vida: quebrada, inestable, llena de agujeros. “Si quería expresarme de forma sincera debía empezar por el soporte”, explica. Sus huecos emocionales son las cavidades que quedan entre los hilos.

El alma perforada

En su última serie, Omidi se ha centrado en el cuerpo femenino desnudo y, en varias de las obras, uno de los pechos no está. Hay un hueco, un vacío. Solo se adivina el pezón, incrustado entre las cuerdas. “Creo que en la sociedad iraní el alma femenina no tiene lugar, por eso el pecho no existe”, declara. También a causa de la relación tóxica que, según dice, existe entre los pechos femeninos y los hombres. “El pecho es el símbolo de la feminidad y ser mujer en Irán me hace sentir insegura. Debemos esconder siempre nuestra feminidad para no ponernos en peligro”, lamenta.

Es en este contexto hostil donde, a través de sus obras, Omidi da rienda suelta a su interior herido: rostros de mujer de aspecto sombrío con una cara de bebé asomando por detrás. Retazos de torsos femeninos con flechas clavadas en la espalda. La artista tiene clientes en Dubái y en Irán. Las principales galerías de Teherán quieren mostrar sus obras, pero, según afirma, ninguna obtiene el permiso del Gobierno. Con la prohibición, las autoridades se adueñan del cuerpo femenino y lo condenan a la oscuridad.

Otro obstáculo importante para las artistas iraníes es su proyección internacional. Para la mayoría, viajar al extranjero es imposible. Tienen que probar que volverán mediante un arraigo: hijos, dinero en la cuenta o un domicilio en propiedad. Las que no tienen nada de eso son sospechosas de no regresar. “Cuando los iraníes queremos cruzar una frontera debemos hacerlo en pedazos. Nos vamos descomponiendo como personas por el sufrimiento”, explica con sonrisa forzada Negin Ehtesabian, ilustradora y diseñadora.

Si te divorcias, tus hijos se irán a vivir con el padre, y si este muere, vivirán con su abuelo. Si estás divorciada no podrás inscribirlos sola en el colegio y si te casas de nuevo, perderás la custodia

Negin Ehtesabian, ilustradora y diseñadora

La obra de Ehtesabian muestra la recomposición personal de esos iraníes que han logrado un visado y que, una vez en el exterior, se esfuerzan por recuperar su identidad. Otro de sus proyectos más importantes, Medusa (2016), disecciona el complejo perfil de la mujer iraní. “El arquetipo de Medusa, la figura mitológica griega, es el de una mujer poderosa, símbolo del feminismo, pero también reprimida. Seducida, después victimizada y finalmente convertida en un monstruo”, detalla. El proyecto, que viajó a Canadá y a Colombia, explora los miedos de la maternidad.

“Existe una concepción muy hipócrita de la figura materna en Irán. Si te divorcias, tus hijos se irán a vivir con el padre, y si este muere, vivirán con su abuelo. Si eres una mujer divorciada no podrás inscribirlos sola en el colegio y si te casas de nuevo, perderás la custodia”, aclara. La realidad es que “también se nos menosprecia como madres”, lamenta.

‘Medusa’, de la artista interdisciplinar e ilustradora Negin Ehtesabian
Prohibida la distribución de preservativos

Las iraníes cada vez tienen menos niños, una tendencia que alarma al régimen. En un intento autoritario de potenciar la reproducción, el Gobierno prohibió hace unos años la vasectomía. También suprimió los programas de planificación familiar que durante décadas habían permitido a los jóvenes acceder a preservativos y pastillas anticonceptivas.

En noviembre de 2021, el Consejo de los Guardianes de Irán aprobó la Ley de Población Juvenil y Protección de la Familia, que restringe de forma drástica el derecho de la mujer a proteger su salud sexual y reproductiva. También limita la venta de anticonceptivos en las farmacias y prohíbe su distribución gratuita en la red nacional de atención sanitaria.

En las últimas semanas, la República Islámica ha aumentado la presión para que las mujeres mantengan un comportamiento púdico en público, lo que ha provocado protestas contra la represión que ejerce la policía de la moral contra las iraníes que no llevan el hiyab de manera apropiada. Desde la llegada al poder del ultraconservador Ebrahim Raisí el pasado 21 de agosto, han aumentado los arrestos de jóvenes y adolescentes por no llevar de manera correcta el preceptivo velo islámico.

Desde la llegada al poder del ultraconservador Ebrahim Raisí han aumentado los arrestos de jóvenes por no llevar de manera correcta el hiyab

La autora multidisciplinar F. H. (que prefiere no ser identificada por su nombre) reflexiona sobre la imposición del hiyab en su país. Es viernes, festivo en Irán, y el habitual bullicio de la capital cesa por unas horas. Paseando por el Parque Velayat, lugar de reunión de cientos de familias, desgrana la que en su opinión es la razón por la cual el velo es intocable: “El poder rechaza suavizar la obligatoriedad del velo porque si se consiguen avances en los derechos de la mujer, la sociedad no se quedará ahí”. Esta artista cree que una relajación de la norma abriría la caja de pandora y llegarían los gritos de libertad en todos los ámbitos: política, sexual, de expresión, de conciencia, de religión, de reunión…

“El régimen teme una revolución de terciopelo”, dice, en alusión al movimiento pacífico que terminó con el comunismo en Checoslovaquia en 1989. “Una revolución no violenta que confronte la represión a través de la educación”, detalla. Las artistas juegan un papel decisivo en ese reto porque sus obras denuncian los atropellos contra la mujer. Y si el lienzo no encuentra un espacio físico, las redes sociales hacen el resto.

En esta atmósfera de degradación de la mujer, el estallido mundial en 2017 del movimiento Me Too (yo también) fue decisivo en Irán. Hizo tambalear las creencias de miles de iraníes que comprendieron que aquello que sufrían era acoso, y era denunciable. “Fue clave para que salieran a la luz casos de acoso a estudiantes en las universidades. Se denunció a un profesor que llevaba a casa a alumnas para tener sexo con ellas. Antes jamás se habrían atrevido a hablar”, explica.

Las mujeres atrapadas de Anahita Shams

Mujeres atrapadas, sometidas a un dominio masculino, que gritan desesperadas mientras varias manos les tapan la boca. Las obras angustiosas de Anahita Shams no dejan indiferente. De origen azarí, se mudó de muy pequeña del norte del país a Shiraz, la ciudad de Hafez. Su padre escribía poesía, literatura y era traductor del francés al farsi. Ella heredó el amor por las humanidades y se formó en ilustración.

Anahita Shams, artista visual iraní, frente a sus obras.
Anahita Shams, artista visual iraní, frente a sus obras.

“Mi familia era abierta y moderna, así que solo cuando crecí descubrí la represión que sufrimos las iraníes y la falta de libertad a todos los niveles”, relata en el salón de su casa. En el fondo de la estancia, tiene un pequeño estudio donde se encuentra Fading out (Desvaneciéndose, 2021), un cuadro de grandes dimensiones envuelto en papel rasgado del que emergen las caras de dos mujeres que parecen querer escapar. “El día de la exposición todos los pintores mostramos nuestras obras envueltas en papel para denunciar la censura. El comprador no sabía qué adquiría hasta que desenvolvía el cuadro”, cuenta.

En otra obra perturbadora, una cabeza de mujer está atrapada dentro de un televisor con un gallo encima. “El gallo representa al hombre dominante, acosador, y la mujer grita, pero nadie la oye”, dice. La cadena BBC le pidió que escogiera una pintura que pudiera relacionar con el Me Too en Irán, y ella eligió esta.

Es frecuente la presencia de animales en sus obras. Bestias salvajes, depredadores, pájaros, peces, insectos y arácnidos venenosos, siempre en contacto hostil con una mujer dominada. En la mayoría de sus pinturas aparecen mujeres con manos que les tapan la boca, sentadas al borde de una cama frente a una silueta masculina en posición intimidatoria o estiradas ante un hombre que se abrocha el cinturón. “En mis cuadros soy libre, fuera no”, lamenta.

En mis cuadros soy libre, fuera no

Anahita Shams, artista

Farnoosh Doroudgar, elegida por la artista rumana Mihaela Noroc para su libro The atlas of beauty (El atlas de la belleza) como el rostro que mejor representa a la mujer iraní, habla muy flojo, casi susurra. En sus obras, las protagonistas hablan con los ojos, siempre resaltados con una luz blanca celestial. “Destaco sus ojos porque en Irán no nos podemos expresar en voz alta”, apunta.

No solo la legislación islámica es limitante. La familia, la cultura del qué dirán y la tradición cortan también sus alas. “Me hice un tatuaje y mi padre me dijo: ‘¿Qué haces? ¡Tienes que ser decente!’ Yo le dije que era igual de decente que antes”, exclama, mientras muestra sus obras en un moderno y concurrido café al norte de Teherán.

En el proyecto Toxic Love, the modern slavery (Amor tóxico, la esclavitud moderna), esta joven diseñadora dibuja la sumisión femenina al lado de hombres con cuerpo humano y cabeza de perro. A los hombres les dibuja una cabeza de animal porque cree que estos anteponen sus “instintos más animales para someter”.

‘Toxic love’, de la pintora digital Farnoosh Doroodgar.

Doroudgar es una artista cien por cien digital, un género en auge que atrapa a los creadores más jóvenes. “Las redes lo están acelerando todo. Son un vehículo fabuloso para mostrar nuestras obras, sobre todo las que en la galería son censuradas”, asegura.

El arte conservado de los Palacios de Niavaran

En el interior de los Palacios de Niavaran, símbolo arquitectónico de las dinastías Qajar y Pahlavi, Sahar Moussavi admira la singularidad de los cuadros que la emperatriz Farah Diba y el sha Mohamed Reza Pahlevi adquirieron a lo largo de su ostentoso reinado. Aunque el régimen islámico las confiscó, el legado fue conservado, y en 2019 el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán exhibió más de 200 obras de Marcel Duchamp, Andy Warhol, Fernand Léger, Mark Rothko, Paul Gauguin o Pablo Picasso. Los desnudos de Renoir o Francis Bacon fueron censurados.

Instagram es la galería natural en Irán, donde se compra y se vende arte, y es también una forma de obtener ingresos para muchas artistas que soslayan la censura

Sahar Moussavi, artista

Con su estilo moderno y expresivo, Sahar Moussavi ha participado en el diseño del interior de la espectacular torre Milad de Teherán y es miembro del movimiento TechExpressionism International Movement, con sede en EE UU, junto con Negin Ehtesabian. Utilizan la tecnología para expresar emociones: colores brillantes, símbolos abstractos, geométricos, y música. Un arte poliédrico e innovador que le permite curar heridas y reconstruirse.

Moussavi asegura que se está produciendo un cambio muy importante en las nuevas generaciones de artistas que están rompiendo con miedos y tabúes. “Instagram es la galería natural en Irán, donde se compra y se vende arte, y también una forma de obtener ingresos para muchas mujeres artistas que soslayan la censura”, declara. El arte como vehículo de empoderamiento femenino. El arte como salvación para todas ellas.

Fuente: El País – Planeta Futuro

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