9 diciembre, 2022 07:44
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La conmoción de Cristina (por Nancy Pazos)

 

Pero el cristalino de nuestro país parece estar cada vez más rígido, como le pasa a los cuarentones. La presbicia se ha apoderado de nuestros ojos por lo cual estamos imposibilitados de ver con claridad los objetos más próximos. El país se bambolea entre quienes quedaron conmocionados por el hecho y reaccionan más emocional que inteligentemente (el gobierno) y quienes prefieren olvidarlo y pasar rápidamente a otro tema (la oposición). En el medio la sociedad queda una vez más atrapada en una grieta que la enceguece y, a su vez, la tiene de rehén.

Ni el fiscal de la causa, Carlos Rívolo (a quien no se lo puede tildar de K) ni los investigadores del juzgado dudan de que la intención de Fernando Sabag Montiel haya sido matar a Cristina. En todo caso aún no tienen la certeza de porqué falló. Pero está absolutamente descartado que el hecho de que la bala no estuviera en la recámara haya sido adrede.

El gobernador bonaerense, Axel Kicillof, en la Misa que realizó ayer en la Basílica de LujánEl gobernador bonaerense, Axel Kicillof, en la Misa que se realizó en la Basílica de Luján

Sabag Montiel quiso matarla. A tal punto que al fallar, se supo en las últimas horas por un testigo directo que declaró en la causa, intentó accionar de apuro la famosa corredera.

¿Porqué entonces una gran parte de la sociedad desconfía? Porque la calidad de víctima de Cristina interpela a todos. A quienes la adoran y la creen el último escalón antes de Dios y a quienes la detestan a tal punto que les cuesta percibirla como un ser humano. En los dos extremos la posibilidad de que Cristina desaparezca es o bien una pesadilla que queremos olvidar o un deseo utópico, imposible de concretar.

Estamos viviendo en una sociedad con tal dicotomía que hasta quien está genuinamente en el medio necesita tomar partido para no sentirse excluido. Los guarismos que manejan las redes sociales agudizan esa característica. En ese afán lógico de querer siempre ganar más clics van aprendiendo de nosotros mismos aquello con lo que nos sentimos más cómodos y nos enfrentan a espejos que nos tranquilizan. De golpe nuestro mundo digital está plagado de seres que piensan casi idéntico a mí. Y, cuando aparece un distinto, nos complotamos para destrozarlo y sentirnos victoriosos, al menos, en esa batalla dibujada.

¿Qué espacio le queda en este contexto a la realidad? Antes los medios de comunicación tradicionales formaban parte de algo tendiente al deber ser. Hoy esa misma dinámica de públicos divididos hace que la polarización también se lleve el rating. A veces a costa de la verdad. Un canal de televisión de cable de los más vistos puso “supuesto atentado” en un zócalo esta semana. El yerro dio lugar a la discusión interna entre los propios periodistas. La conducción del canal tomó cartas en el asunto: “acá tenemos otras dudas pero no desconfiamos del atentado, no es la línea del canal”, tuvieron que aclarar para los propios. Tal el nivel de confusión al que lleva la grieta cuando todos se ceban.

Por eso es fundamental que la Justicia investigue y llegue a conclusiones lo más certeras posibles. El kirchnerismo está casi obsesivo. Si bien confían en la investigación, alrededor de la vicepresidenta se montó una especie de operativo paralelo para investigar las causas. Ellos avanzan con una hipótesis concreta: que Sabag Motiel, su novia Brenda y la banda de los copitos no actuaron solos, que hay una terminal en algún otro lado. Apuntan obviamente a grupos radicalizados, no descartan agentes de inteligencia y algún paraguas político aún más importante.

Varios hechos suman a la teoría conspirativa. Uno de los integrantes de la banda estuvo un par de días antes en el mismo edificio de Cristina. En la casa de la vecina opositora y se tomó fotos en su balcón. Todo esto no es un supuesto. Está acreditado debidamente en la causa. Está clarísimo que hubo premeditación, alevosía e inteligencia previa. Tan claro como que Cristina estaba, para la jerga, “regalada”.

De todas los datos insólitos previos al atentado posiblemente el más intranquilizador en términos políticos y que seguramente exigirá explicaciones hasta en la misma causa judicial, es un proyecto de declaración que 15 días antes del intento de magnicidio (el 18 de agosto) presentaron siete diputados opositores en la Cámara.

Con la firma de Gerardo Milman, mano derecha de Patricia Bullrich, y acompañado por Francisco Sánchez, Héctor Stefani, Pablo Torello, Ingrid Jetter, Alberto Assef (todos PRO) más Carlos Zapata de Ahora Patria de Salta, el proyecto advierte textual: “no vaya a ser que algún vanguardista iluminado pretenda favorecer el clima de violencia que se está armando, con un falso ataque a la figura de Cristina para victimizarla, sacarla de entre las cuerdas judiciales en las que se halla y no puede salir, y recrear un nuevo 17 de octubre que la reivindique ante sus seguidores. Sin Cristina hay peronismo. Sin peronismo sigue habiendo Argentina” (sic).

Del otro lado ese mismo día del atentado fue Máximo el que advirtió que se jugaba con fuego con tanta violencia y preguntó retóricamente si no estaban buscando un muerto peronista.

Casualidades o no, lo cierto es que hace diez días Argentina sufrió un intento de magnicidio que de haber resultado exitoso hubiera sido el inicio de una escalada de violencia imposible de manejar.

Pero que Sabag Montiel haya fallado no minimiza el síntoma. El problema hoy es que todos creen que la mayor responsabilidad es del otro. Y que no hay ni un dirigente con estatura moral que empiece por un mea culpa. Lo que hizo mal el otro está clarísimo para todos. En ese mismo señalamiento tuerto es que la sociedad sigue enfermando. La escalada de violencia fue previa. Pero el atentado fallido lejos de apaciguarla la exaltó.

En el medio sigue habiendo yerros políticos gravísimos. Un Presidente que convoca al diálogo sin llamar a los líderes de la oposición, la presidenta del principal partido político de la oposición que no repudia el atentado, una misa que intentó ser ecuménica y amplia pero fue tan mal organizada que terminó siendo más excluyente que inclusiva.

Está claro que Cristina aún no terminó de procesar los hechos. Por eso se mantiene callada. Sabe que muchos esperan que hable. Está conmocionada sobre todo en lo personal. La reacción de sus hijos y de su nieta Helena que llora y pregunta “en qué país viven los malos” hace que prefiera tomarse más tiempo que el que la política le exige.

Así como aprendimos que la minifalda que usa la víctima no es la causal de las violaciones, deberíamos dejar de preguntarnos qué hizo la vicepresidenta para merecer que un loco suelto, un grupo de lúmpenes o un grupo político organizado haya querido matarla.

El intento de asesinato a Cristina no habla de ella. Habla de nosotros como sociedad. Habla de la grieta. Habla del momento político. Habla y nos interpela, como dije la semana pasada, a cada uno de nosotros. Pensemos al revés. Que hubiera pasado si hubieran intentado asesinar a Mauricio Macri.

Está claro que hoy la grieta es nuestro cáncer. Tan claro como que las encuestas favorecen a aquéllos que militan los extremos. Pero son justamente esos líderes los únicos capacitados hoy para hacer un gesto real de paz y sosiego para la sociedad. ¿Estarán a la altura?

 

Fuente: Infobae

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