5 octubre, 2022 15:25
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«Cuerpos intermitentes»: diálogo entre obras clásicas y jóvenes artistas

Por Marina Sepúlveda

Bajo el título «Cuerpos intermitentes», el Centro Cultural Kirchner inaugura el Proyecto Cruces y expone un diálogo con obras de la tercera colección más importante de arte argentino del país, el centenario Museo de Bellas Artes Emilio Pettoruti de La Plata, que son resignificadas por artistas emergentes contemporáneos con foco especial sobre el cuerpo a partir de cinco núcleos temáticos desde los que se invita al público a construir asociaciones propias.

La exposición, que forma parte del flamante Proyecto Cruces se instala en el séptimo piso del CCK, próxima a la muestra «La Ballena», del colectivo Estrella del Oriente y sus críticas mordaces al sistema del arte, y a la gran exhibición «Escenas contemporáneas» con obras del acervo del Museo Nacional Bellas Artes, itinerantes, en el centro cultural.

«Cuerpos intermitentes» propone un recorrido en cinco núcleos que exceden conceptos y potencian un patrimonio situado en el presente, con curaduría compartida por Federico Ruvituso, director del Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti de La Plata, y el artista y curador rosarino Carlos Herrera.

En ese intercambio dialógico que comenzó a gestarse en verano a partir de la convocatoria, desde una «propuesta lúcida y desprejuiciada», se conforma una exposición que abarca cinco salas a partir de obras relevantes del acervo del museo fundado en 1922 por el artista Emilio Pettoruti, seleccionadas por su director, y la de artistas jóvenes convocados por Herrera.

Esta confluencia de arte contemporáneo con el patrimonio del museo, que alberga unas 5.000 obras, surge del Proyecto Cruces, impulsado por Liliana Piñeiro, del área de Artes Visuales del CCK. «La idea de la curaduría desde lo patrimonial fue habilitar cruces con el arte contemporáneo y también avanzar por cinco momentos del museo para contar su historia», cuenta Ruvituso en diálogo con Télam.

Y a partir de la selección de las obras, el trabajo de Herrera fue cruzar «artistas contemporáneos en cada caso, como provocación, diálogo, confrontación, continuidad» para incorporar otra mirada que resignifica, repiensa y reimagina, «y se apropia de esas imágenes y de esa historia» en un relato de la exposición que sintetiza el historiador del arte como «un antimuseo».

Por su parte, Herrera, quién fue invitado por Piñero para intervenir la colección del Petorutti, considera esto como un «gesto atractivo y políticamente acertado para pensar cómo mostrar hoy una colección como la del museo de la provincia» y señala cuál fue la particularidad del trabajo encomendado: «pensar qué artistas jóvenes podían tener una obra relacionada con estas históricas, sin ser condescendiente con la historia».

«Me sentí muy libre de especular con las relaciones posibles entre las imágenes y las relaciones con las obras. Lo que se ve es un cruce que aggiorna la colección con los lenguajes actuales de artistas jóvenes, que en un 80% trabajan la problemática del cuerpo: disidencias, nuevas realidades, nuevos cuerpos, sexualidad, contrapuesto con estos artistas», apunta el curador, que además remarca la diversidad de enfoques. «Por eso podemos ver un hermoso (Prilidiano) Pueyrredón que retrata a un pescador, algo no habitual en sus retratos característicos de tipo social», ejemplifica Herrera.

«También lo vemos en la obra de (Pedro) Figari sobre los afrodescendientes, hoy tan de moda en la curaduría internacional, que fue un artista que se adelantó al reflejar la afrodescendencia en Latinoamérica», dice. En esa relación está la fotografía de (Kenny) Lemes y su trabajo sobre «disidencias sexuales y cuerpos diversos».

Además, indica que su planteo escapa a «empatías temáticas» de poner un paisaje junto a otro paisaje, porque consideraba que es más interesante «olvidarme de eso y atravesar con la fisicalidad de los autores la propuesta». Porque, esclarece Herrera, «de alguna manera la concepción de un artista hoy está atravesada por su biografía, por cómo se percibe y los artistas históricos que están colgados en la sala no tuvieron esa oportunidad».

«Eran artistas y después tenían una vida, en la mayoría de los casos», afirma sobre esa distancia entre la profesión y lo cotidiano. Y redondea la idea: «la autobiografía o biografía hoy es tan importante en las producciones que uno ve cómo estas obras pierden riqueza al no tenerla, esa biografía no autorizada en relación a sus universos sexuales, a las relaciones con sus colegas, al medio, a aquello que no se enunciaba, que no era parte del corpus, algo que actualmente es en los que artistas contemporáneos lo dominante», explica Herrera.

En definitiva, «no deja de ser una provocación de cómo pensar esos cuerpos y qué interpretación le da uno», acota.
El recorrido inicia con «Dominar batallas», desde la literalidad del «Combate de San Lorenzo» (1890) -que inmortaliza los 15 minutos del histórico combate- de Julio Fernández Villanueva, pasando por Pedro Figari y su «Candombe» (1932), Martín Malharro, Prilidiano Pueyrredón con «Pescador» (1870), un dibujo de Hermilce Saforcada o el desnudo «Torso de hombre» (1873) de Eduardo Sívori.

Como contraparte, están «De saqueos y derivas» (2022) de Rodrigo Díaz Ahl, una instalación de 11 cabezas que cuelgan en el medio de la sala como si fueran restos cortados de estatuas inexistentes, visibilizando el cuerpo del obrero como campo de batalla, escribe el curador, a modo de una cartografía explícita de la explotación como contrapunto de la batalla, «cuerpos de obreros abatidos por el capitalismo», define Herrera.

También están las de Alfredo Dufour, las pinturas de Jazmín Kullock («Seymour» y «Acicalada» de 2021); las fotos de Kenny Lemes o las de Julieta Tarrabuella.

Otro de los núcleos es «Alteradas rebeliones» donde confluyen las obras de Constanza Giuliani y Clara Esborraz con «Como la noche esperando al día» (2022), una sucesión de dibujos, de cuerpos, establecidos entre «el humor y lo absurdo» que hacen su descargo sobre la pared expandiendo personajes. Un conjunto que se propone junto a tres pequeñas esculturas de Martha Bassi de Bellocq y el rostro de bronce de María Raquel Masala titulado «Rebelión», dos de las artistas históricas, que se manifiestan en ese cuerpo femenino transformado, tensionado, en el devenir de la historia.

En este núcleo, están presentes obras de artistas mujeres que no reciben mucha atención e incluso estuvieron guardadas en depósito casi desde su adquisición, cuenta el director sobre el museo que tiene una tradición itinerante muy fuerte.

Tal es el caso de Masala, cuya pieza se empezó a exponer este año en el Pettoruti en el marco del centenario, que tiene una fuerza muy interesante «porque es una artista de la que no sabemos absolutamente nada a excepción de que hizo esa obra», indica Ruvituso. Entonces, mostrarlas «es llamar la atención sobre cómo construimos nuestra historia del arte, qué obras estaban siempre, cuáles empiezan a aparecer y cambian ese canon. La obra gana en esta nueva política cultural o política de exposición en la que todo lo que estaba y lo que puede ser es propenso a volver a imaginarse», explica el curador.

Otro núcleo es «Mentalismo ascético», un espacio para el sueño y el silencio, para escapar de representaciones y visualidades heredadas, dedicado más a la abstracción, tal como se describe. Aquí dialogan MANU, Nazareno Pereyra, Ana Won junto a Roberto Aizenberg, Líbero Badíi, Ary Brizzi, Juan Del Prete, Ana María Moncalvo, Aldo Paparella y Rubén Santantonín.

También los paisajes se suceden como un gran collage sobre paredes con obras de pequeño formato en «Manchas populares» y la mirada particular de Fabio Risso Pino, el único platense invitado, y esos artistas que participaron del atípico «Salón de manchas» realizado entre 1947 y 1953 bajo la gestión al frente del museo de Atilio Boveri, como Jaime Adolfo, Marco Adrogué, Roque J. Álvarez, Carlos Cáceres, Silvia Helphen, Olga Marconi entre una treintena de artistas alejados de «la técnica elitista y erudita del arte canonizado» considerada la adecuada para «salones». Una participación desde la que se buscaba recuperar esa «identidad» y «estética» de una provincia de Buenos Aires y sus «territorios».

En cambio, «Retratos libres» con obras de Stella Ticera, Karen Bendek y su pintura escultórica en un abordaje diferente de la materialidad, o Sofía Malamute con «Louta Wos» (2022), un retrato de los reconocidos cantantes en una escenografía muy particular son puestas junto a Antonio Berni, Dora Cifone, Víctor Cúnsolo, Leónidas Gambartes, Ramón Gómez Cornet, Alemia Pelaez y Emilio Pettoruti, y el emblemático «Autorretrato» (1941) de Raquel Forner, en su taller.

Aquí, Herrera se pregunta «de qué manera la modernidad actúa no solo en el pasado sino en la contemporaneidad y cómo pensar estás obras contemporáneas desde la actualidad pero con un pie en la modernidad». Y agrega, «en la curaduría hay enfoques que generan uniones, distorsiones, apariciones de sombras que también toman parte del guion como obstáculos».

¿Por qué tanto cuerpo? «El arte argentino tiene una gran tradición figurativa, hay una desmaterialización pero principalmente hay una tradición figurativa, es una de las búsquedas de la neofiguración, y el arte contemporáneo la está haciendo suya en este momento. Los artistas contemporáneos están volviendo a pintar el cuerpo, a pensarlos, a pensar las dimensiones, la diversidad, todos temas que interpelan la imagen de uno y del otro. En ese sentido traer la corporalidad de la pintura y la corporalidad como tema es interesante también como pulso estético de lo que está sucediendo hoy y lo que sucedió», concluye Ruvituso.

La muestra podrá visitarse con entrada libre y gratuita de miércoles a domingos de 14 a 20 en Sarmiento 151, Ciudad de Buenos Aires, hasta el 18 de diciembre.

Fuente: TELAM

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