7 agosto, 2022 16:21
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Gallineros (cuento)

 

 

Por Luis Tarullo – Periodista, editor de política en TELAM y en DyN

Fue en un pueblo de esos donde hasta el frío se pone bufanda, calzones largos y dos pares de medias.
Tito y Beto, según los apodaban quienes conocieron la historia, no trabajaban desde hacía rato. No por falta de tareas, sino porque eran simplemente dos reverendos haraganes.
De ahí a empezar a hacerse amigos de lo ajeno hubo un solo paso. Pero Tito y Beto no tenían nato espíritu de delincuentes planificadores de grandes atracos. Hasta en eso eran dos terribles holgazanes.
«¿Cuál es el afano más fácil?», se preguntaron una mañana sin siquiera lavarse las lagañas.
«¡Robar gallinas!», gritaron al unísono como si lo hubieran ensayado una semana seguida.
Varios gallineros se les aparecieron en el poco seso que ocupaba sus descartables cavidades craneanas y empezaron a armar un plano -muy elemental, claro- para hacerse de la mayor cantidad de plumíferos posible.
Apuntaron primero a la casa de don Batistosi, a unas 30 cuadras del centro de la aldea, o sea, diríase, en pleno campo.
Llegaron a eso de la medianoche al rancho en bicicletas con las ruedas desinfladas y descentradas, casi sin frenos y por supuesto sin luces. Pese al desastroso transporte nadie supo de su arribo.
Claro que no contaban con la existencia de un perro hambriento que apenas los ubicó empezó a garronearlos y a ladrar como si hubiera descubierto a dos generosos amigos que venían a instalar una olla popular.
El dúo salió a los piques y se prometió que en la próxima traerían un par de huesos con alguna sustancia para mandar al can al otro mundo.
En el camino de vuelta, con el fracaso en los hombros y la promesa de volver al ataque, escucharon un resabio de cacareo, apenas perceptible.
«Che, parece que hay algo por ahí, vamos a ver qué pasa…», murmuró uno.
Y ahí fueron. Efectivamente, detrás de un pequeño monte que rodeaba la casa de la chacra vecina, había algunos plumíferos remolones en medio de una banda de gallináceos que estaban roncando, por así decir.
Los ladris sabían cómo actuar para que las aves no los delataran: las tomaban por sorpresa, les metían la cabeza debajo de una de las alas, les daban unas vueltas hacia el mismo lado y en unos segundos el bicho estaba dormido.
La virtual hipnosis dura menos de un minuto, pero es suficiente para dar cuenta de él sin ruido alguno.
¡Eureka! No lo dijeron, obvio, porque estos dos monos no sabían el significado de la palabra, aunque alguna vez la habían visto como marca de un útil escolar.
Así anduvieron afanando gallinas y pollos durante varias semanas en la que era la finca de don Melitón, según supieron después.
Claro que don Melitón no era gil y, aunque no contaba los animales todos los días, se dio cuenta de que había cada vez menos huevos. Ahí hizo un arqueo y notó la reducción.
Lo primero que le vino al mate fueron un zorro o una comadreja. Pero revisó y revisó y no encontró huellas animales. Y tampoco había plumas sueltas producto de alguna lucha faunística.
«Acá debe haber un humano», dedujo el chacarero. Se puso en guardia, pero había noches en las que le ganaba el sueño y otras en las que directamente ni siquiera salía del rancho.
Sin embargo, siempre hay un momento azaroso y llegó el día en que bajó la vista y vio rastros de alpargatas hacia y desde el gallinero.
«Ahora sí», se dijo. Y decidió montar guardia con una gruesa rama del paraíso que hacía poco había talado.
Tito o Beto, nunca estuvo claro, pero da lo mismo, entró sigilosamente al corral esa noche de luna nueva, cuando la oscuridad es más oscura. Y encima con un frío insoportable.
El gallinero estaba hecho con alambre, como es costumbre, pero la puerta era un pedazo de chapa. El ladronzuelo avanzó confiado, y ahí nomás, sin previo aviso, ¡zácate! Un maderazo le aplastó la jeta. El golpe furibundo incluyó la caída de dos o tres dientes.
El impacto fue seco, fuerte, exacto, breve, silencioso. Tanto, que no lo escuchó el otro «gallinicida» que hacía de campana.
Tito -o Beto, lo mismo da- salió del predio tapándose la boca con las dos manos. Ante la mirada asombrada de su compinche, le espetó sin respirar casi: «Andá vó, que yo no aguanto la risa, y si me río las gallina’ se espantan…».

 

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